35 Cuatro autos robados
Me ocurrieron extraordinarias coincidencias.
Sin duda la mayor de ellas fue que cuatro veces me robaron el auto y las cuatro veces lo
recuperé yo, personalmente.
Todos estos robos ocurrieron en Caracas, Venezuela.
El primer carro que me robaron fue una Wagoneer Limited color marrón, entonces
apetecido vehiculo último modelo.
Habia salido de clases de karate prácticamente agonizando tras pelear contra un cinta
negra.
Yo solo era cinta amarilla, aunque duro peleador de Karate Do estilo Shoto Kan.
Tuve la mala suerte de que me metió una patada de lleno en el esternón.
Estuve varios meses con el esternón muy adolorido.
Pienso que probablemente me lo fracturó y que ese día estuve a punto de morir.
Cuando salí de clases no encontraba el carro.
Pensé que era que no podía recordar donde lo había dejado, ya que apenas podía con mi
agonizante humanidad.
Después de mucho dar vueltas por los alrededores del gimnasio concluí que me lo habían
robado. Pasaron algunas semanas sin que supiera de él.
Una noche viniendo en el Mercedes Benz desde Valencia hacia Caracas, en medio de una
curva que yo tomaba a alta velocidad vi que por el canal lento iba la Wagoneer que me
habían robado.
Reaccioné mal: frené para colocarme detrás de ella con lo cual puse de manifiesto al
ladrón que había sido descubierto.
El avanzó lentamente hasta la siguiente salida de autopista que quedaba bastante
próxima.
Yo detrás de él pensando cuál sería su próximo paso.
Cuándo llegamos a la salida de autopista en ladrón resolvió no salirse y seguir por la
autopista.
Arrancó a alta velocidad y yo detrás sabiendo que tenía una gran ventaja al ir en el
Mercedes. Cuando faltaban pocos kilómetros para el distribuidor siguiente lo adelanté y
me distancie de él con la idea de producir una tranca de tránsito en la autopista antes de
la salida del distribuidor siguiente, que era el de Paracotos.
Crucé el Mercedes y me bajé corriendo. Rápidamente aparecieron efectivos de la Guardia
Nacional a quienes expliqué que poco minutos más tarde aparecería la camioneta que me
habían robado.
En efecto así fue: la Wagoneer intentó pasar por la berma pero le fue imposible dada la
cantida de vehiculos que habian quedado atrapados en la cola que generó el Mercedes
cruzado en la autopista.
Los guardias nacionales comenzaron a acercarse a la Wagoneeer con gran cuidado,
escondiéndose detrás de los guard rail de la autopista.
Después de algunos instantes, al verse encerrado, el conductor de la Wagoneer, un joven
delgado en buenas condición físicas se bajó del vehículo y se entregó a la Guardia
Nacional.
Primero alegó que él no se había robado el carro: que yo se lo había prestado.
Al rato lo metieron en un jeep de la Guardia Nacional y nos fuimos en caravana, ese jeep,
la Wagoneer recuperada y yo en el Mercedes, en dirección a un destacamento de la
Guardia Nacional vecino a ese distribuidor.
Una vez en el destacamento de la Guardia Nacional me sorprendió observar cuan
nerviosos estaban los funcionarios de ese cuerpo policial.
Al cabo de un rato pregunté al jefe de la unidad por qué tanto cuidado.
Me mostró las huellas de bala en paredes y puertas del destacamento.
Dijo: hace un par de semanas recuperamos un vehículo como el suyo. Cuando estábamos
haciendo los trámites correspondientes aparecieron veinte sujetos con ametralladoras y
nos atacaron. Se llevaron el vehículo robado y los delincuentes que habíamos detenido.
Así eran, y han sido siempre las cosas en Venezuela.
Un par de días después apareció en prensa que la Policía Técnica Judicial (PTJ) había dado
muerte a un peligrosísimo sujeto.El joven que aparecía en la foto era el que me robó la
Wagoneer. Lo habian soltado para que los llevara hasta sus cómplices.
La segunda vez que me robaron la Wagoneer en realidad se la robaron a mi socia
Antonieta Herrero.
Ella estaba en la puerta de casa de una amiga.
Se le habían quedado las llaves dentro del carro.
Apareció un señor apuesto y amable que le ofreció abrir el carro, lo que logró hacer con
un alambre a través de una de las ventanas. Acto seguido se sentó en el puesto del chofer
y se llevó el vehiculo.
Antonieta quedó avergonzada porque se había dejado seducir por un desconocido
apuesto y agradable.
Más tarde, cuando llegué a mi oficina, encontré el carro estacionado en su puesto habitual
en el sótano cinco del centro Andrés Bello.
Pasé como de costumbre a saludar a Antonieta antes de seguir hasta mi oficina y para mi
sorpresa ella desesperada me comenzó a hablar acerca del carro robado.
Le dije que el carro no se lo habían robado y que estaba estacionado en el lugar de
costumbre. Ella alegó que eso era absolutamente imposible.
Bajamos hasta el estacionamiento y ahí estaba el carro. Ella no podía creerlo.
Preguntamos a los encargados del estacionamiento quién había traído ese carro y dijeron
que había llegado con él un señor a quien le habían dado instrucciones de estacionarlo en
ese puesto que es el puesto habitual donde yo lo estacionaba.
En resumen, por una asombrosa coincidencia, el ladrón decidió esconder el vehículo en el
enorme estacionamiento del centro Andrés Bello y los encargados del estacionamiento
tan pronto lo vieron llegar le indicaron donde estacionarlo.
Yo dejé organizado un operativo para que esa noche, cuando viniera el sujeto a retirar el
carro no pudieran llevárselo y en lo posible fuera capturado.
Conocedor de cómo funcionan las cosas en Venezuela, le quité al carro el encendido
electrónico, dispositivo sin el cual el vehículo no tiene posibilidad de arrancar.
Esa noche, a eso de las dos de la mañana, llegaron unos sujetos a retirar el vehículo
robado. Cuando fueron encerrados por los vigilantes que los estaban esperando, de
diversos carros se bajaron hombres y mujeres fuertemente armados que redujeron a los
vigilantes que pretendían capturar a los ladrones.
Después de una muy tensa situación que afortunadamente terminó sin heridos y al ver
que no tenían posibilidad alguna de hacer funcionar el carro, los ladrones se retiraron del
estacionamiento.
No recuerdo en qué circunstancias se robaron por tercera vez la Wagoneer.
Pasaron varios meses durante los cuales pensé que nunca sería recuperada.
Un día la sobrina de Antonieta me llamó y me dijo que la Wagoneer estaba estacionada
exactamente frente a la puerta del edificio donde vive Antonieta, en la calle Negrin de la
Urbanizacion La Florida, y que si bien ahora está con cauchos anchos y más levantada no
le cabe ninguna duda de que es mi camioneta entre otras cosas porque a traves de su
ventana pudo observar que en el asiento del acompañante tiene una quemadura que ella
misma le hizo en alguna oportunidad en que anduvo en ella con Antonieta.
Me dirigí hasta allá, lugar bastante cerca de nuestra oficina y abrí la camioneta con una
copia de su llave. Levanté la tapa del motor para cerciorarme por el número de motor de
qué se trataba de mi vehículo.
Cuando estaba en eso un señor que se acercó me dijo tenga cuidado que esta camioneta
la carga un oficial de la Guardia Nacional que vive en el edificio de enfrente.
Le dije la camioneta es mía y me la voy a llevar.
Entonces se empezaron a escuchar murmullos: ahí viene… ahí viene.
Miré hacia el edificio de enfrente y observé que venía saliendo un señor con su mujer y
una niña pequeña.
El hombre se llevó ambas manos a la cabeza relajadamente como mostrando que se le
había presentado un contratiempo inesperado y menor.
La mujer y la niña volvieron a ingresar al edificio de donde iban saliendo y él se acercó a
donde yo estaba.
Cuando me preguntó cuál es el problema le dije que esa camioneta era mía y que me la
habían robado hacía ya algunos meses.
Me dijo que no había ningún problema, que me podía llevar mi camioneta, que como
podia observar está perfecta y “arranca de toque”, y que solo me pedia que lo llevara
hasta el destacamento para dejarlo en su lugar de trabajo.
Sorprendido y pensando que esta situación podría conducir a alguna de alto riesgo me fui
manejando mi camioneta con el oficial de la guardia nacional sentado a mi lado. Lo dejé
en su destacamento, todavia sorprendido, y me fui con mi vehículo recuperado.
Pues tiempo después vendí esa camioneta que me había sido robada tres veces.
La cuarta vez que me robaron un auto fue en circunstancias de las que escribi en mi libro
“StopGates.now”:
“Una mañana, el maravilloso José Anzola, de 60 años de edad, gordo y simpático, con
camiseta blanca tirando a beige de tanto uso, poco después de llamar por teléfono, llega a
ver mi automóvil de lujo, un Buick ultimo modelo en venta según anuncio publicado en el
periódico, y se dispone a probarlo. A los pocos minutos pide entrar a mi oficina. Se
presenta como un prestigioso comerciante. Destaca que es hermano del anterior
presidente del Banco Central, a quien no duda que yo conozco (certeza tan falsa como
que son hermanos) y termina esa primera reunión manifestando su interés en comprar el
Buick y haciéndome proposiciones con respecto a las cabezas de ganado que mantengo en
una hacienda lejos de ahí, acerca de la que Anzola probablemente se enteró por Ramón,
mi chofer.
Anzola se cuida de hacerme sentir que mis quinientos animales son más de cincuenta mil
y que se siente algo cohibido ante un ganadero de tanta importancia.
Dos horas más tarde, Anzola se presenta inesperadamente en un almuerzo de negocios al
que debí asistir y se muestra tan natural que incluso me pide prestada una cantidad
mínima de dinero para pagar el taxi.
Me pide probar al carro durante el almuerzo.
Cuando a las 1430 sali de almorzar y observé que mi chofer no estaba esperándome
comprendi que Anzola se estaba robando el carro.
Poco antes del atardecer, Anzola logró por fin engañar a Ramón, quien cada vez
sospechaba más de él, induciéndolo a bajarse del automóvil para comprarle un remedio
que lo librara de un terrible dolor de cabeza.
Cuando finalmente, en pocas horas y sin ayuda de nadie, Anzola nos engaña a mí y a mi
chofer y se roba el automóvil en virtud de su personal destreza y sin otras armas que el
riesgo individual que asume y la capacidad que tiene de engañar mirando directamente a
los ojos, evidentemente incurre en un delito. Pero tambien evidencia enormes virtudes.
Al día siguiente, incapaz de aceptar esa derrota intelectual decidí adentrarme en el área
policial, asunto desconocido para mi, para recuperar personalmente el automóvil.
Revise los avisos de prensa. Llamé a los que ofrecian carros de lujo. Finalmente consegui
uno en el que el vendedor había sido contactado por un sujeto cuyos datos coincidian con
los de Anzola.
Cuando mis hombres lo capturan, el gordo Anzola, después de recibir de los agentes
policiales una ligera paliza, logra conversar quince minutos con el comandante de la
comisaría donde quedará detenido, lo que resulta suficiente para que el comandante y
todos sus hombres comiencen a organizar febrilmente un enorme operativo con el fin de
caer por sorpresa, la noche siguiente, sobre una gigantesca entrega de droga de la que
Anzola tiene conocimiento por un amigo de su mayor confianza.
No sé qué fue de él, pero imagino que el admirable gordo Anzola se daría a la fuga esa
misma noche, después de retirarse para hacer algún extraordinario favor personal al
propio comandante, mientras éste dirigía el operativo para desmantelar una entrega de
drogas que nunca existió.”